De camino a Budapest

IMG_0310Hace ya tiempo que tenía que haber publicado esto porque se empiezan a acumular otros viajes que contar pero las fotos entretienen mucho.

Viajar en coche tiene pocos preparativos y pocos líos de horario, se va uno y ya está. Me he aficionado a salir de casa y llegar a otro país de un tirón y eso hicimos esta vez. A la ida nos paramos en Maribor, agradable y pequeña ciudad de Eslovenia en la que fuimos felices a pesar de la copiosa lluvia porque es un país tranquilo que ya conocíamos, en el que se siente uno muy bien y porque era el principio de un prometedor viaje, que es como cuando uno se sienta en una butaca de una sala de cine a oscuras, expectante y atiende con impaciencia el espectáculo que está a punto de suceder ante los ojos.

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IMG_0315Dunakeshy (la ciudad cercana a Budapest donde nos alojábamos) nos decepcionó un poco por carecer de centro y ser un poco destartalada y más grande de la cuenta para recorrerla a pie pero cuando llegamos a un sitio, siempre salimos a otear el panorama sin preocuparnos de medios de transporte y esa primera impresión y ese primer paseo, son importantes. Sacamos florines, compramos algo de cena en un super y en el Danubio disfrutamos de una terraza y unas vistas y ya todo mereció la pena.

A la vuelta paramos en la pequeña ciudad de nombre impronunciable Székesfehérvár (recomendación de nuestra anfitriona) que nos gustó y nos descansó. Nos sentamos en una terracita para desayunar y coger fuerzas para recorrer toda Eslovenia y quedarnos a dormir en Piran, la salida al mar de este pequeño país. Antes nos paramos a comer en Maribor porque cuando uno conoce un sitio, es muy bueno recalar allí para no andar preocupándose.

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IMG_0414En Piran fuimos de nuevo felices porque el mar (que vemos poco en general) te da mucho, un horizonte y una calma especiales. Nuestro airbnb era bonito y la dueña simpática, en una terraza tomamos un picoteo y luego encontramos un sitio popular para cenar pescado, el sitio que querríamos encontrar en todas partes y no siempre es posible. Coges mesa, pides y esperas a ver que saquen tu número para degustar especialidades de pescado a buen precio mientras observas a los turistas cómo intentan entender el funcionamiento del sitio y pululan como hormigas ante una fuente de comida. También compramos buen vino a un tendero simpático. Por la mañana, con poca gente, el paseo nos llenó de fuerzas para el resto del viaje. Nos dio lástima tener que irnos por la mañana y nos gustaría mucho volver.

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IMG_0437Antes de volver a Turín, comimos (también muy bien y barato, parece que en Italia también es posible según en qué sitios) en Vicenza, preciosa y monumental ciudad palladiana con ambiente de pueblo. Italia (aunque la conozcamos) siempre te deja con la boca abierta. ¡Cuánto arte acumulado! Gótico veneciano, renacimiento, preneoclásico palladiano, arquitectura fascista…

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IMG_0453Muchos kilómetros y muchas experiencias en solo seis días. Un bonito viaje. Ir hacia el este está muy bien, relaja mucho. Tenemos ganas de conocer más países de esa zona, así que ya volveremos a poner rumbo hacia allí.

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Dos días en Budapest

IMG_0335Todavía no había llegado a Turín del viaje a España navideño cuando recibí la oferta de intercambio para esta ciudad que no conocía. ¡Vaya tentación irresistible! La primera vez que podía usar la moneda-globo, una moneda que ganas teniendo en casa a alguien cuando está vacía y que puedes usar en casa de alguien, que no va a ir luego a la tuya. Una comodidad única. Por lo que era una ocasión ideal para poder viajar solos dejando a los niños en nuestra casa tranquilamente y era también perfecto para ir en coche y poder ver otros sitios del camino, poder volver a Eslovenia, que tanto nos gustó, etc, etc.

Quiero esto de regalo de cumpleaños y mi chico no pudo negarse y bien que le gustó luego el viaje…

En otro relato hablaré de los sitios del camino. Aquí dejaré hablar a la multitud de fotos que saqué durante los kilómetros que anduvimos por sus calles, plazas, cuestas y magnífico y enorme río. El Danubio.

IMG_0337En la república checa, Croacia, Eslovenia y ahora, Hungría, nos hemos sentido cómodos y relajados. El ritmo de estos sitios parece ser un poco más calmado que nuestros países del oeste de Europa. No hay tanta prisa ni tanta crispación, es de agradecer. Nos hemos sentido también muy seguros. Da lástima no hablar la lengua ni entender nada pero con el inglés uno se maneja más o menos bien.

IMG_0342Es muy grande y variada. Coqueta y recoleta la parte de Buda, la ciudad antigua que posee hermosas vistas sobre Pest, la parte más extensa. Bonito y enorme el parque de la isla que está en medio del río.IMG_0392IMG_0361

Simpática la afición a las aguas termales y a las piscinas, de la población (para otra vez se queda una visita a una de esas termas famosas de estilo art deco).

Posee edificios palaciegos y monumentos grandilocuentes y gran variedad de casas de diversos estilos y colores adornadas en buena parte con frisos y estatuas y figurillas muy variadas y hermosas.

IMG_0384Hay bares con encanto, con saborcillo, con autenticidad, como el Bambi, bar superviviente de la época comunista, que recomiendo con fervor por su personalidad, ambiente y buena terraza.

IMG_0327El gulash que probamos estaba exquisito y no soy amante de guisos. También comimos una especie de onigiris húngaros (cocina creativa) en el Mercado Central, cerca de la estación, donde se pueden probar muchas especialidades locales y exóticas.

El barrio judío pulula de vida y movida, son muy curiosos los “ruin bars”, locales polivalentes situados en casas grandes un poco ruinosas, muy interesantes. Organizan actividades culturales variadas.

IMG_0363Y no hubo tiempo de visitas a museos que seguramente están muy bien y son inmensos e intentamos rehuir todo lo posible del turisteo desenfrenado que todo lo estropea. A veces, en calles normales, estábamos solos. Pasamos de un barrio a otro como solemos hacer, destrozándonos los pies y llenándonos los ojos y el corazón de imágenes con las que alimentar la mente en momentos en los que no podemos viajar, que son demasiados.

IMG_0403Disfrutamos mucho y aprovechamos al máximo los dos días que teníamos para visitarla y como siempre, gracias a los intercambios, vivimos en un pueblo cercano (Dunakeszy) lleno de chalets con su jardincillo como en América un poco deslavazado y sin gracia, pero lleno de vida de verdad y con un paseo por el Danubio muy agradable que aprovechamos tanto el día de nuestra llegada (con parada en merendero incluida) como la tarde-noche de nuestro último día en Hungría.

Consejo práctico: si vais en coche, hay que comprar el derecho a ir por las autopistas pero no hay frontera (en Eslovenia se compra muy bien la viñeta en cualquier parte) y nadie te indica qué tienes que hacer. Se tiene una hora para ir a cualquier gasolinera y comprarla. Este y otros consejos prácticos llegaron de la mano de nuestra amable anfitriona, que estuvo muy pendiente de nosotros. Otra de las ventajas de usar el intercambio de casas como forma de alojamiento cuando se viaja.

Ella nos dejó tantas sugerencias que tendríamos que estar allí un mes para poderlas seguir. Esta vez le echamos un vistazo general a esta gran ciudad que, más allá del lío del turismo, es muy tranquila y acogedora. Hasta aparcamiento encontramos bien cerca de la estación, que es de los asuntos más complejos en las capitales. No cuesta los fines de semana, entre semana sí.

Veamos edificios:

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Frisos, bajorrelieves y estatuas, a los que son muy aficionados:

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En la Plaza de los Héroes hay un monumento que no respeta la historia y el pueblo ha creado un anti monumento para contrarrestar la propaganda, que recuerda el colaboracionismo con el holocausto, por parte del gobierno húngaro de la época:

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En algunos sitios se recuerda a personajes famosos:

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Casas que me han llamado la atención:

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Esta representa la hermosura que puede existir a pesar de los desconchones y la próxima, la existencia de edificios que parecen haber sido bombardeados o tiroteados recientemente.

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También hay edificios de aire soviético y simetría asfixiante, que me encantan:

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Y puertas con personalidad:

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Monumentos:

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O coches:

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Un museo de la electricidad que promete ya por fuera:

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Y bares, esos sitios imprescindibles. Con ellos termino:

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Reflexiones de final de curso (con visitas al hospital)

Siempre que llega esta época dejo de escribir y es una pena porque ideas y experiencias hay muchas y, por lo tanto, cosas que contar. El problema es el tiempo. O la falta de él.

Se multiplican las obligaciones, las citas, los extras. Se pasa el día una corriendo sin llegar a ninguna parte ni hacer nada bien y da la impresión de que todo se nos escapa y no llegamos a aferrar nada. Es la vorágine de estas sociedades, de las ciudades, de los tiempos de la conexión perenne, de la multitarea, del estar con el cuerpo en una parte y la mente en otras veinte distintas. De querer estar en todas partes a la vez.

Es lo que hay.

Mi hijo ha terminado la escuela “elementare” (primaria) y aunque eso me llena de alegría porque me gusta que terminen ciertas etapas infantiles que empiezo a no poder soportar más dada mi avanzada edad y mi carencia de paciencia, por otro lado, como siempre que una etapa se acaba, algo de melancolía me entra. Cinco años yendo a un colegio y viendo a un maestro y llevando un ritmo y sabiendo cómo moverse y ahora pues se pasa a otra escuela, nueva en este caso para nosotros (a diferencia de otros padres, nosotros solemos mandar a nuestros hijos cada uno a una escuela diferente por varios motivos), otros horarios, ritmos, dinámicas, padres de compañeros…

Qué será, será…

Antes de empezar el último mes vertiginoso que ha volado como era de esperar y me ha agotado, como es normal; tuve la suerte de hacer dos viajes seguidos que me llenaron de energía y de esperanza. Uno, el de Hungría, está esperando un hueco en mi agenda para ser contado y llegará pronto. Solo seis días pero tantos sitios y tanto placer. Ahora retocando las fotos me acaba de entrar una nostalgia infinita, que desearía estar de vuelta en el Danubio. Claro, hace mucho el hecho de que por primera vez en muchos años, no viaje este mes más allá de los días en Arco de Trento por el campeonato de escalada anual de mi hijo y de alguna agradable excursión montañera.

Es bonito viajar en junio pero no todo puede ser siempre.

Ha sido un mes en el que a todas las actividades frenéticas de finales de curso (nervios por exámenes continuos de la mayor, teatro suyo que me he perdido, espectáculo musical de él que tampoco he visto, cenas de despedidas de los dos, exámenes terribles propios, campeonatos y hasta un parque de atracciones prometido hacía tiempo inmemorial…) hemos sumado un viaje a los infiernos: la sección de oncología infantil del hospital principal de aquí.

Nuestro viaje es corto (está a punto de terminar afortunadamente) y no es por motivos graves (más afortunadamente todavía). Así, que más allá de que a nadie le gusta que su hijo tenga que ir varios días al hospital, le pinchen y le metan medicina por la vena que le provoca molestias varias, no tenemos preocupación enorme ni desvelos infinitos ni desolación, ni nuestra vida ni nuestros planes ni esperanzas se ven alteradas para siempre, como sí les ha sucedido y les sigue sucediendo a las personas (niños y padres) que están allí por enfermedades graves, que son la mayoría.

El primer día estaba muy preocupada por él, no sabes qué es aquello ni cómo funciona, te desesperas por lo que se tarda y todo te parece raro, así que no miras demasiado (o no quieres hacerlo) a tu alrededor. El segundo traté de tomármelo con normalidad aunque compartimos habitación con varios niños pequeños, uno de ellos, especialmente salado, con el que nos reímos por su infinita madurez y recio carácter a pesar de contar con tan solo tres años de edad. Y eso ya te va afectando. El tercero, al ver una niñita muy pequeña pasar por el pasillo con su cabeza calva, su mascarilla puesta y su suero pegado, se me cayó el alma a los pies y tardé un par de días en recuperarme. Me sentí abatida, cansada, agotada, sentía el dolor de otras personas en mi propia carne y me llevé a casa pegados a la piel los gritos y llantos, las preocupaciones y desvelos, las ojeras y calvicies, las injusticias, las duras vidas de los que afrontan enfermedades graves que truncan por lo sano la cotidianidad, el presente, el futuro y todo lo que nos da seguridad y nos deja dormir por las noches. Ese día el viaje al infierno fue completo, caí allí de sopetón. Y salir fue complicado.

En total han sido cinco y he escuchado historias para no dormir y visto chiquillos de varios tipos y todas las edades y padres cargando con cruces del tamaño de trasatlánticos y peso de asteroides.

El dolor ajeno no es el propio pero duele también. Este ha sido el viaje que he hecho esta vez al final de curso, las cosas cambian. Pero de todo se aprende y hay que aprender a valorarlo todo en lo que vale y dar gracias por lo que se tiene y no ser tan pijos, quejicas, caprichosos, materialistas, exigentes e histéricos. Hay que intentar disfrutar de cada día y dedicarle un minuto a pensar en quien es menos afortunado. Es difícil expresar con palabras lo que se aprende en estos sitios pero me llevo humanidad y me llevo sabiduría de allí.

Y mi más sincero agradecimiento va a las personas que trabajan allí, desde la primera hasta la última, cuya exquisita amabilidad e infinita humanidad, me han llenado de asombro. Me pregunto si les harán un test de personalidad antes de mandarlos a esa sección porque han eliminado a todos los antipáticos, descorteses, serios, cortantes y maleducados que hay por ahí en todos los ámbitos. En ese sentido, el del personal que trabaja allí, es un paraíso; en el resto, un infierno, en el que no queremos pensar normalmente pero que existe y convive con nuestra normalidad en cierto modo. Las dos caras de la moneda.

El próximo post: mi bonito viaje a Hungría, la tranquilidad y relajación del este de Europa

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Siempre nos quedará París

IMG_0296Algunos sitios adquieren un aura mágica en las películas y los libros, se instalan en el imaginario colectivo y ahí están, irreales por demasiado hermosos o demasiado míticos ¿es por eso que son tan hermosos y especiales o es que lo son de verdad y por eso inspiran obras y maravillas?

París es especial de por sí pero para mí es especial a nivel personal.

En el viaje mítico de los once años con mis padres, la vuelta a Europa en 40 días, fue la primera ciudad del extranjero a la que fuimos, por lo que la emoción nos embargaba y recuerdo que flotábamos en el espacio a pesar del peso de nuestras mochilas y la incertidumbre de todo lo que había de llegar todavía. Esa emoción es la que recuerdo mayormente y también que subimos a la torre Eiffel en una época en la que esas cosas resultaban más fáciles y accesibles.

IMG_0268 Luego fue el primer viaje importante que hice con el instituto. Y en esa bendita época de dios que tuve la inmensa suerte de vivir, los profesores se despreocupaban de posibles consecuencias apocalípticas y nos dejaban libres vagar con nuestra minoría de edad y nuestra inconsciencia. Yo no sabía ni francés. Iba con mi querido amigo, que me había animado a ir y fue el que primero me enseñó el Pompidou, que me pareció raro y sorprendente. Y lo sorprendente y verdaderamente raro era esa libertad. Fuimos a patinar sobre hielo, cogíamos el tren de vuelta a casa solos porque cada uno vivía en un lado. Me perdí un día pero no pasó nada, supongo que acabé encontrando la casa o vinieron a por mí o lo que sea. Ahora el recuerdo que prevalece de París de ese viaje, en el que ocurrían desmadres también en nuestras literas, porque nos dejaban viajar de noche mezclados chicos con chicas sin ninguna vigilancia; es aquella libertad. Necesaria, maravillosa e impensable hoy. De aquel intercambio conservo todavía una amistad profunda con una encantadora chica francesa y su pareja. Mi relación con esa lengua va indisolublemente unida a ellos y a su calor humano, inmenso y generoso.

Fue uno de nuestros primeros viajes, de mi pareja y mío. Una de las primeras caminatas interminables que me abrasaron los pies y me llenaron los ojos de sorpresa. Cualquier pequeño restaurante de Monmartre se convertía en el sitio con más glamour del mundo. Lisboa, París, Madrid, Granada, las primeras ciudades en las que nos amamos.

IMG_0264Con nuestra hija pequeña hicimos un viaje también muy bonito dedicado a ella cuando era hija única en el que no faltaron los inevitables y horribles parques de atracciones, el de Asterix y Eurodisney. Ya se sabe, padres primerizos, dedicación exclusiva… Aunque solo a nosotros se nos ocurre meternos el 14 de julio, fiesta nacional, con un calor espantoso en esa máquina de torturar adultos que se llama Eurodisney. A pesar de los pesares, ver la ilusión en la cara de la nena, hizo que mereciera la pena, aunque no hemos vuelto. No hemos tenido el valor.

Otra vez fuimos solos y la descubrimos de verdad, por primera vez dejamos de hacer de turistas y nos dedicamos a recorrerla y vivirla como ciudadanos, a quererla y admirarla, a disfrutar de un enero clemente que nos permitió sentarnos en terrazas y nos infundió ganas terribles de volver infinitas veces.

Una de las veces más especiales, que ya conté en su día en el post “París y el jorobado” fue un viaje regalo a mi hija por sus 9 años, el primer viaje de las dos solas, descubriéndonos, hablándonos, tratándola como mayor que parecía aunque no lo fuera. Leíamos el jorobado de Victor Hugo, subimos a notre dame, visitamos la casa del escritor, montamos en barco, compramos sandalias y comimos helado a la orilla del Sena. Guardo un magnífico recuerdo de ese viaje pero ahora, al volver juntas, me ha confirmado que fue un viaje muy especial para ella, que se le quedó grabado y que probablemente nos unió.

IMG_0291Otra vez fui con mi madre y mi hijo, que tenían muchas ganas de ir y ya ejercía yo de cicerone en una ciudad a la que fui de joven sin tener ni idea de nada. Ahora soy yo la que llevo a la gente por ahí. Voy a sitios que me gustan y siempre descubro otros nuevos.

He ido con una amiga y su hija, amiga de la mía. Las cuatro. Madres e hijas, ellas se hicieron amigas en la escuela infantil y todavía lo son, lo somos. De nuevo un regalo de cumpleaños para las dos. Los mejores regalos son los viajes. Que nos los hagan y que nos los hagamos nosotros mismos.

Y ahora, he vuelto a regalarlo a mi hija por sus 16. Una pausa del estrés de su escuela, del final de curso, un momento para las dos, recortado de las obligaciones. Un redescubrimiento de la ciudad para ella, que no la conocía bien porque fue de pequeña y sus recuerdos estaban un poco nebulosos.

IMG_0281Este viaje ha estado precedido de estrés para mí porque la huelga de trenes (esas huelgas de verdad que hacen los franceses) nos ha afectado, en lugar de salir el jueves por la tarde lo hicimos el viernes, perdiendo medio día y la seguridad de nuestros asientos. Estas cosas hacen que nos tambaleemos un poco y creamos por un momento que todo puede ir mal.

Pero no, a pesar de la huelga y sus imprevistos, París nos ha llenado los ojos con su belleza y su encanto, nos ha unido, nos ha regalado momentos estupendos. Hemos estado en una casa de intercambio preciosa de una familia muy atenta y calurosa, que nos ha invitado a volver cuando no estén. Son generosos, son detallistas. Estoy deseando poder corresponderles cuando vengan aquí. Los intercambios y sus magias.

He vuelto a algunos sitios que adoro, como el Café de l’Industrie (donde almorzamos casi solas el viernes al llegar y le di gracias al cielo por no haber renunciado al viaje, por haber ido contra viento y marea) o el Pique-clops (adonde fuimos tres veces), o la pastelería judía, o la zona del canal y la rue de Charonne.

Volví a comprarme unas sandalias porque no aguantaba las botitas que llevaba, ya que hacía un calor absurdo para ser abril. Nos desnudamos, la ciudad nos desnudó.

IMG_0254 Anduvimos muchísimo, como siempre, vimos espectáculos artísticos audiovisuales en el nuevo Atelier des Lumières, que recomiendo con fervor. Disfrutamos de terrazas y bares espléndidos. Nos asombramos como siempre de la estupidez de las masas, todas haciéndose fotos en la misma postura cogiendo el pico de la pirámide del Louvre. Escuchamos recitar a un actor en un banco de un jardín que repasaba descalzo su papel en la obra en la que trabajaba o quería trabajar. En las Tullerías, sentadas en sus butacas, comimos camembert.

Hablamos, vagamos. Se nos pasó el tiempo volando y se nos quedó el corazón allí.

Si puedo, volveré pronto. La ciudad de las luces, del amor, del placer. Y a un tiro de piedra de aquí, ¿quién da más?

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El piso de la libertad

Hoy, mientras corría, me ha salido una canción brasileña que me ha recordado muchas cosas, ya se sabe el increíble poder evocador de recuerdos que tiene la música. Un sonido se une indisolublemente y para siempre con un lugar y unas circunstancias y resulta mejor que una foto, para trasladarte por un momento a aquella chica que fuiste una vez y a lo que te pasaba por la cabeza entonces. Es interesante.

Un chico que me gustaba mucho pero que era bastante inaccesible, arrogante y autosuficiente, me había regalado un cassete (ay, los cassetes…) con ese disco, diciéndome: “si no te gusta esto, es que eres una insensible” y le faltó decirme: y entonces no valdrías para nada y dejarías de interesarme lo poco que me interesas. No le expliqué que a mí la música brasileña siempre me había gustado, me emocionaba y transportaba. ¿Para qué? Con algunas personas, es mejor no desperdiciar saliva.

Escuché mucho aquel disco, hasta la saciedad, lo sabía y lo sigo sabiendo de memoria. Era otra época. Había menos dispersión. Los discos se escuchaban enteros de principio a fin, los libros se leían enteros, había menos interrupciones, distracciones y latas varias. No te llegaban mensajes de varios tipos, había mucho más lugar para la improvisación y mucho menos para el control. Tuve mucha suerte de vivir mi juventud en aquellos benditos tiempos en los que tus padres, cuando no estabas en casa, no tenían ni idea de dónde estabas ni de qué hacías y aunque nunca me ha gustado mentir y lo he hecho muy poco, era mucho más fácil hacerlo. Era tu palabra y no había forma de comprobar si de verdad estabas donde decías estar o no.

Ese casete me lo dio aquel escultural y extraño chico en un momento crucial de mi juventud. Después del cataclismo que poco a poco destruyó mi familia, el pequeño e imperfecto núcleo de tres personas en cuyo seno había crecido, gocé por poco pero fundamental espacio de tiempo, de un piso solo para mí. El sueño de todo adolescente. Mi padre pensó en un momento de vacas rollizas y de debilidad emocional que, dado que él se iba con otra mujer a una casa y mi madre con otro hombre, a otra; no era justo que yo tuviera que elegir entre semejantes desastres de opciones sin tener por lo menos un espacio para mí, en el que respirar, ser libre y desarrollarme. Desahogarme tras tanto desatino y desorden reinantes.

Fui feliz en aquel breve espacio de tiempo. Lo que había sido negativo se tornaba de repente en positivo. Aquel ático con terraza en Pagés del Corro será para siempre un oasis en mi vida, un tiempo en el que respiré el aire que quería, cómo, cuándo y con quién quería.

Recuerdo que lo que más me preocupó a la hora de decorarlo fue que una habitación tuviera dos paredes grises y la otra, dos negras (era una época de amor por lo dark) y cuando visité alguna tienda de mueble, me enamoré, como chiquilla que era, de un carrito para bebidas y de una estantería con ruedas, para el equipo de música, ambos muebles rigurosamente negros. Se ve a lo que daba importancia: a la música, la bebida y las apariencias… Gasté una fortuna (buena parte del presupuesto que tenía) en comprarlos cuando a todas luces, eran inservibles, inútiles y absurdos pero recordaban a la película “Nueve semanas y media”, que encandiló e hipnotizó a toda una generación de jóvenes de los ochenta con todo aquel diseño y pijerío vacío y resultón. Todas habríamos querido ser Kim Bassinger y enrollarnos con aquel macarra creído y sumamente egoísta de Mickey Rourke, así de imbéciles llegamos a ser las mujeres.

En todo caso, de alguna manera la amueblé y la disfruté, sola, acompañada de amigas, de amigos, de novios, de gente de paso. Di algunas fiestas y cada vez que giraba la llave en el picaporte, daba un paso hacia mi propio paraíso personal. Era la época de no avisar muchas veces antes de presentarte en un sitio, así que, cuando menos lo esperaba, alguien tocaba el timbre de la puerta y yo le hacía pasar. Siempre me han gustado las sorpresas y las improvisaciones. Y la gente. Para mis amigos fue un lugar muy querido también que vino antes de cualquier otro piso posterior que daba paso a una nueva época de independencia y experimentación. He llegado siempre pronto a muchas cosas. No sé si es bueno o no. Es lo que hay.

El chollo se me acabó al tener que acoger a mi madre allí cuando se peleó con su novio, hubo que hacer una mudanza rápida, follonera y clandestina (mientras el sujeto trabajaba) y de repente allí tenía a mi madre, un montón de muebles y poco espacio. Al poco tiempo, por supuesto, volvían a estar juntos, que yo tenía a unos padres que tenían mucha menos cabeza que yo, el ejemplo que me daban era regular pero así me busqué la vida por mi cuenta y quizás fue mejor. A veces él se instalaba allí en el pequeño piso de mi ex libertad a dar la lata bien, pero otras, los dos estaban en el piso de él y me dejaban respirar en paz.

Es todo confuso, no lo recuerdo bien ni falta que hace. Era una época de cambios continuos. Un día mi padre me dijo que no tenía más dinero para pagar el alquiler de mi felicidad y se me acabó la cosa. Tal como vino, se fue, me tocó irme a vivir con él a un piso minúsculo y claustrofóbico que luego cambiaron por suerte por otro mayor y del que ya me fui un día para no volver jamás. En ese momento ya estaba yo harta de los tumbos de mis padres y sus nuevas parejas. Supongo que también ellos estaban hartos de mí, las familias son agobiantes y hay que buscar siempre un propio espacio de respiro y libertad para sobrevivir bien.

Con el tiempo he conseguido crear una familia mucho más estable que la que yo tuve pero siempre desde la perspectiva de que somos cuatro individuos cada uno de una manera y todos con derecho a la libertad y al desarrollo de nuestras personalidades, por suerte, distintas. No nos empeñamos en ir los cuatro al unísono y eso creo que es muy positivo o, al menos, a nosotros nos va bien así.

Espacio, espacio, tiempo, aire. Información, coordinación, sinceridad, comunicación, respeto mutuo. Pero sobre todo libertad, por encima de todo y para todos. Esa es la clave de la estabilidad según yo.

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Visages, villages

visages_villages-741596755-largeAhora ya no elegimos las películas que vamos a ver. Nos limitamos a ver cuál está en versión original en la cartelera y es triste porque a veces podemos ver solo una en toda la ciudad y, en ocasiones, ninguna. Así está el panorama en este país de arraigadas costumbres y cabezonería máxima.

A veces no nos interesa mucho lo que vamos al cine a ver mientras, a la vez, hay otras cintas muy interesantes en cartel rigurosamente dobladas sin piedad, pero otras, como esta, la sorpresa grata te asalta y te regala regocijo infinito.

Es el caso de este tierno y conmovedor documental en el que el artista JR y la directora de cine Agnes Varda se van a distintas partes de Francia a realizar dos trabajos artísticos a la vez: el documental que estamos viendo, más las performances fotográficas de arte urbano del fotógrafo y su equipo al que se incorpora Agnes, también fotógrafa.

Toman fotografías de gente variada, las amplían enormemente y las pegan a las paredes y otros tipos de superficie mientras profundizan en sus almas hablando con ellos e intentando entender sus distintas realidades. El resultado estético es siempre hermoso y sorprendente.

Normalmente uno se emociona hacia el final de una película pero la emoción me embargó ya desde la primera parte, cuando pegan a una serie de casitas de ladrillos que pertenecían a mineros y ahora están vacías, fotografías reales antiguas de esos mineros, confiriéndoles una vida que perdieron hace tiempo y en la fachada de la única tenaz habitante que sigue viviendo en la calle, colocan una fotografía de su rostro y al mirarla, la señora se queda muda y en sus ojos se ven la sorpresa y felicidad que ese pequeño gesto le proporciona. Ha dejado de estar sola, de estar tan triste, de sentirse abandonada, ha recobrado una razón de ser.

Colocando estas obras, provocan que esos lugares adquieran notoriedad y empiecen a ser más visitados, fotografiados y admirados. O sea, regalan arte, regalan atención, regalan felicidad mientras avanzan en su búsqueda artística. Conjugar todo esto no es fácil y resulta precioso. Encima, la gente puede quitar fácilmente cuando quiera las fotografías de donde están pegadas. Es un tipo de arte urbano poco invasivo.

La recomiendo enormemente, es una joya. Es hermosa y divertida la relación que se crea entre el joven con sus perennes gafas de sol puestas (que ponen nerviosa a su compañera de viaje y aventura) y la señora mayor con su vista nublada y su paso lento. Intiman, bromean, investigan y aprenden juntos.

Él le hace un bonito regalo al final y ella quiere corresponderle pero Godard (sí, el famoso Godard) no le deja, les da un plantón de antología con lo que, genio o no genio, le he cogido una antipatía enorme. Es imposible no cogérsela si uno ve esta película a pesar de Bande à part (que acabo de ver y tiene momentos memorables) y la maravillosa À bout de souffle.

Los dos protagonistas de esta película demuestran que se puede crear sin creérselo, que uno puede innovar y realizarse desde el respeto y la admiración por la gente común, por la gente en general. ¡Qué envidia dan!

 

Preciosa.

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Bares, qué lugares. Madrid y su vida

IMG_0162Nunca pensé que iba a ir tanto a esta ciudad pero estoy muy contenta cada vez que tengo la oportunidad de volver. Esta ha hecho bastante mal tiempo, mucha lluvia y viento pero eso no impide divertirse, más bien al contrario, qué ocasión más buena para disfrutar de la cultura, ya sea aquella con mayúsculas (cine, teatro, música, arte), que la otra más lúdica, la gastrónomico-barera.

IMG_0161¡Cómo me gustan los bares con gracia, historia, vida y personalidad y cuántos hay en Madrid! Las tabernas de toda la vida, los bares modernos, los cafés, gastrobares, sitios exóticos, puestos de mercadillo, todo me llama la atención y no doy abasto en pocos días para probar todas las cosas que me gustan y que no como normalmente. El universo infinito e inabarcable que te ofrece una ciudad.

En algún viaje retraté otros aspectos de Madrid y ahí están post anteriores con sus fotos para demostrarlo pero esta básicamente solo he fotografiado bares (el tiempo no ayudaba) aunque muchos se han quedado en el tintero, la visita y la foto.

En una caja metidos, 18 escogidos espectadores escuchamos el monólogo de Alex Rigola sobre la vida de Pasolini teniéndolo literalmente al lado.

En un cubículo subterráneo 4 escasos espectadores vimos el diálogo de dos madres histéricas sobre los asuntos turbios de sus hijos (en Microteatro por dinero).

En el teatro Kamikaze vimos una comedia sobre el dolor y sus consecuencias.

Por primera vez asistí a un concierto de jazz en el Café Central, una de las cosas que más deseaba hacer. Encajonadas en un silloncito disfrutamos de dos horas de música tocada con entusiasmo por la espléndida guitarrista y cantante Susan Santos y su banda.

Cuando diluviaba, vimos dos exposiciones de las cuales preferí la de fotografía (Van der Elsken) en la que había mucha menos gente, en la Fundación Mapfre.

Visioné como siempre buen cine en versión original (The party, divertida comedia negra inglesa) y en español (la impactante La enfermedad del domingo).

Conseguí darme un masaje, actividad que adoro y que me sienta muy bien.

Paseé y paseé y conseguí conocerla mejor. Disfrutamos mi madre y yo de nuestra compañía. Vi a mi amiga como siempre, esta vez en varias ocasiones y circunstancias.

IMG_0186Compramos cosas porque siempre hay algo que gusta e interesa en un sitio así. Y comimos muy bien sobre todo en el puesto mejicano del Mercado de Vallehermoso, en el restaurante thai de Fernando VI (cuyo menú de mediodía de entre semana es muy conveniente), en La mucca de la calle del Pez y en Orio de Fuencarral. Pero casi lo mejor son los vermuts con tapita en tabernas y cafés con gracia como La Ardosa, El Pavón, el Comercial, el Mercado de San Antón, el bareto de Bilbao de esta foto en el que tomarse un vermut con tapa cuesta solo dos euros, sí señores, esas cosas existen en España. ¡Qué afición le he cogido al vermut! ¡Qué rico!

En el famoso bar El Palentino entré por primera vez en navidad y quería volver pero no abría el domingo por desgracia y acto seguido, ya en casa, me entero de que ha cerrado para siempre y ya no podré probar sus famosos pepitos que no sé a santo de qué no probé el día en que estuve allí.

A veces se encuentra uno como en casa o hasta mejor en muchos bares y que los cierren es una puñalada trapera, pero así es la vida.

No me canso de ir a esta ciudad y jamás me aburro. La recomiendo aunque no le hace falta recomendación. Ahí van algunas fotos de esos bares en los que es grato conversar como dice la canción pero también callar. Es grato estar y basta. Y comer y beber, claro, eso tampoco está mal.

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Movimiento artístico de parroquianos en el café Pavón a la hora en la que todavía uno puede moverse allí. Por la noche está atestado.

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Observar la vida que pasa tras el cristal de un buen bar…

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El café Comercial de Bilbao, lleno hasta los topes que no se podía ni conversar del ruido

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Me quedé sin probar este sitio tan castizo

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Los nombres de las calles y sus letreros en Madrid a veces son muy poéticos

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Flores tras la tormenta

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La ardosa, precioso y jaleoso bar, que me decepcionó un poco dándome un pincho de anchoa en un cracker en lugar de en pan como dios manda (las modas modernas y su tontería)

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Preparación para el concierto

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Parroquiano disfrutando de buen vino y aceitunas en el descanso

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La chiquilla en cuestión, con ella me despedí otra vez de Madrid.

Hasta la próxima

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