Al sur de Noruega

A veces ocurre que la impresión positiva que te da un lugar de paso, no te la da el del destino. Esto nos ha pasado con Suecia y Noruega, hemos estado día y medio en el primer país y nos hemos quedado con ganas de volver y más porque mi anfitriona me ha aconsejado que vaya a una isla que dice que es de lo más bonito que conoce y es sueca. Es tranquilo, está menos poblado, es más barato.

Si uno ve la población de este país no puede pensar que esté muy poblado pero probablemente estoy en la parte más popular, el sur, al lado de la capital, en la costa… el caso es que está llena de casas por todas partes, de carreteras, de coches, de barco, de presencia humana. No te lo esperas.

Una cuestión curiosa es lo difícil que es obtener información, les cuesta dártela no se sabe muy bien por qué y luego las indicaciones suelen estar en noruego y no se entiende nada. Si pides consejo sobre dónde ir en una zona quizás te acaben mandando a otra. No sé, son raros. Parecen más abiertos y razonables los suecos pero puede ser una impresión equivocada…

El tiempo está siendo clemente, ha hecho hasta calor aunque hoy llueve y entra cierta melancolía.

Tonsberg, que es donde estamos, no tiene gran interés y tampoco la isla a la que nos mandaron ayer: Bolærne, que no está mal pero tampoco es espectacular. Bueno, quizás otra de las dos islas que no vimos sí estuviera bien. Culpa siempre de las escasas indicaciones, id a esa isla, pero resulta que son tres y entonces? El del barco nos mandó a la más turística, que está llena de construcciones militares como búnkers, cañones y cosas así. Tuvimos la impresión de que otra de las islas estaba mejor, más virgen. Fuimos a unos lagos en bosques (lo típico de Escandinavia), Langevann y allí nos bañamos, porque es posible bañarse, como he comprobado varías veces, nada de aguas heladas.

Verdens Ende sí está muy bien (el fin del mundo), con sus formaciones de piedras en el mar y lo que nos ha gustado mucho es una peninsulilla de al lado de Sandefjord que hemos recorrido a pie hoy. Pero nadie nos lo había indicado, hemos ido a la aventura. Caminos por bosques de ensueño con playitas encantadoras y formaciones de piedras con musgos y helechos preciosos. Lástima que hoy llovía y nos hemos mojado un poco, pero como hemos encontrado una especie de refugio, allí hemos podido comer nuestro picnic diario.

Hemos rematado el día unos viendo el museo de ballenas de Sandefjord y otros la casa de veraneo de Munch en el pueblito encantador marinero Åsgårdstrand.

Sea como sea, siempre merece la pena descubrir lugares nuevos y obtener nuevas experiencias, incluso en sitios semi desconocidos y sin puntos de interés vertiginosos. 

Probablemente el norte sea un sitio sin igual en el que disfrutar del vértigo de la soledad humana ante el paisaje indomable, pero se queda para otra vez porque está muy lejos y es caro llegar allí. Todo es caro en este país, eso es un rollo porque echo de menos restaurantes, bares, cafés y demás caprichos. Aquí mucho súper y comida en casa…

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En coche a noruega

Hace unos años fuimos a Dinamarca en coche y nos gustaron mucho las etapas intermedias por Alemania. Este año el viaje era más largo y las etapas se sucedían entre Alemania, Dinamarca y Suecia.

Ahora, que acabo de llegar a mi destino, ni me lo creo pero no por la distancia (los mismos 2.000 kilómetros que separan Turín de mi ciudad natal), sino por el cansancio de una semana de trajín y porque impresiona. Y más impresiona el viaje que me espera de Oslo a León, pero eso llegará luego.

De momento hemos vuelto a Lindau, con su camping en el lago de Constanza o Bodensee, su instructor de barbacoas perfectas (siempre tienen a un tipo haciendo cursos a la gente sobre barbacoas y parecen divertirse mucho), su paseo largo hasta el pueblo, su bar alternativo al lado de la estación, sus fritz colas y limonadas (esa marca alemana de refrescos me gusta mucho), su ruido de trenes. Fue nuestra primera noche de camping hace cuatro años y está a una distancia razonable de Turín, desde cuyo centro te plantas en Alemania en una mañana pasando por Suiza y un poco de Austria y Lichstenstein, es divertida tanta frontera inexistente.

La vez pasada la siguiente etapa fue Rothemburg, que es una ciudad pequeñita muy bonita y llena de japoneses y camas con dosel. Allí hemos ido tres veces y nos gusta recorrer su muralla y tomar un exquisito zumo de manzana recién prensada, además de disfrutar de rica merienda en un merendero al lado del río, en la parte baja, que se llama unter den linden. Un locus amoenus delicioso que recomiendo a los amantes de la sencilla buena vida.

Pero esta vez había que recorrer más trayecto y llegamos a Wercingerode, cuyo nombre evoca viejos jefes galos pero que no tiene un gran interés. Un pueblo alemán un poco mono con sus cervecerías y demás locales en los que le gente cena a las seis, va uno subiendo hacia el norte y tiene que acostumbrarse a estos extraños horarios. Allí fuimos a un hostel barato en lugar de al camping porque daban lluvia y además, no aguantamos mucho de vida espartana.

Directos a la isla de Møn en Dinamarca por segunda vez. El resto de la isla como la otra vez lo vemos desde el coche por falta de tiempo y está llena de campos suavemente ondulados de colores diversos y de casitas monas, pueblecitos enanos y vistas al mar. Pero la punta te ofrece unos acantilados blancos de ensueño, unos bosques y paseos preciosos, unas vistas increíbles y muchos fósiles. En el camping es gracioso porque el bar y la tienda lo llevan una pareja de la que ella es andaluza y él argentino, por lo que el personal o habla andaluz o argentino y se hace raro y a la vez gracioso. O sea, no hay problema de entendimiento allí, pero sí de dolor de piernas porque la tienda la pones lejísimos de los servicios y del bar y de todo y te pasas el día andando. Al anochecer te fríen los mosquitos y sale a pasear un ejército de babosas pero en el jardín floreal que tienen, la luz es hermosa.

Es un camping que está muy bien, lo recomiendo. Quizás volvamos, quién sabe. La segunda noche soplaba el viento de manera terrible y entre eso (que no te deja dormir bien) y las previsiones de lluvia, nos lanzamos a buscar alojamiento no campero para nuestras dos noches suecas…

Para llegar a Suecia se pasa el famoso puente de la serie Broen y eso me hizo mucha ilusión a pesar de que te clavan por usarlo, aunque no tanto como en el ferry de Alemania a Dinamarca (ahí preparad los bolsillos y no digo las tarjetas porque curiosamente no funcionaban y digo curiosamente porque en estos países se usa la tarjeta hasta para comprar un chicle como me contaba la gaditana del camping).

Cuando preguntamos a la pareja sueca de las habitaciones de airbnb que encontramos si podíamos quedarnos, nos dijeron que esperaban huéspedes el viernes pero que si lo necesitábamos, podían buscar una solución, para que luego digan de la improvisación latina y la rigidez escandinava, meros lugares comunes.

Gracias al cansancio y al miedo a la lluvia en un camping, acabamos cerca de goteborg, en una casita muy mona con una pareja simpática y encantadora y, sobre todo, relajada. En el lago de al lado nos dimos un baño fantástico, conocimos a los padres de él y su curiosa casa, vimos a los ciervos al atardecer, aprendimos a hacer hormigón, cenamos y desayunamos con ellos, jugamos a juegos de mesa y charlamos mucho. Conocimos goteborg cogiendo un cómodo y perfecto tren y luego un barco por el río, que iba incluido en el precio. La ciudad es muy agradable y el parque espléndido. Pensamos ir a Fjallbacka, en la costa, pero se queda para otra vez.

Como el paisaje era bonito y la pareja de anfitriones, encantadora y como descansamos mucho y charlamos amigablemente más, pues nos hemos ido hoy de ese país vislumbrado de pasada, con mucha indefinible pena y más ganas de volver. Y más cuando hemos sabido que al lado de Noruega, Suecia es baratísimo, que los noruegos van en masa allí a hacer compras mil porque les sale conveniente, como antaño hacíamos nosotros en Portugal. La verdad, lo acabo de comprobar yo hoy al comprar un cesto de fresas a diez euros, menos mal que estaban buenísimas porque si no, se me habrían atragantado.

Y aquí estamos, en Noruega, en una casa muy bonita que nos han enseñado sus amables dueños con entusiasmo y mucho calor humano y aquí estaremos unos días que espero que sean tranquilos para poder coger fuerzas para el largo viaje sucesivo y sus variadas etapas, que ya contaré en otro momento. 

Las fotos en el siguiente.

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Comparaciones

Son odiosas, lo sé pero a veces las casualidades te ponen a tiro dos situaciones similares y no puedes hacer más que comparar y a veces, entristecerte.

El día que nos íbamos de Londres cogimos un autobús al aeropuerto y al chofer no le funcionaba la máquina para comprar los billetes pero amablemente nos dijo que montáramos y que más adelante en una estación podíamos pagar los billetes con tarjeta y lo que quisiéramos, era muy simpático y bien dispuesto. Eso no impidió que llegáramos con una hora de retraso porque el tráfico de las grandes ciudades es endiablado, pero eso no era culpa suya. Unos mejicanos perdieron su vuelo pero es que no se puede ir con el tiempo justo y menos en Londres, calculad siempre alguna hora más si no vais en tren al aeropuerto.

Al llegar a Italia casi a las diez de la noche todo fueron problemas. Salimos de los últimos del avión, se pierde tiempo en los pasaportes, recorrimos el aeropuerto de malpensa que es grande medio corriendo sin ver el sitio para comprar los billetes de Turín, fuimos al baño volando y compramos rápido algo de comer. Pero no teníamos ni los billetes ni dinero (los cajeros están arriba en la parte de las salidas y no en la de las llegadas, que es donde hacen falta) y por supuesto no cogen tarjeta en el autobús. Además el chófer era antipatiquísimo, reñía a la gente, protestaba, decía que teníamos que tener el dinero justo, que él no tenía cambio, echó a una persona y estaba dispuesto a dejar tirado a quien fuera porque solo quería irse lo antes posible. Cero humanidad, cero empatía. Pensamos: bienvenidos a Italia. Nos habríamos quedado en el aeropuerto dos horas hasta las doce de la noche (el siguiente autobús) con dos niños si no llega a ser porque a veces uno se encuentra con personas positivas dispuestas a ayudar, una chica americana nos salvó pagándonos los billetes a nosotros y a un chico argentino que solo tenía dólares. Qué bien encontrar a salvadores en los momentos justos. Cuando llegamos, fuimos a un cajero y le pagamos y se lo agradecimos con toda el alma y le lanzamos invectivas e improperios en nuestras mentes al horrible chofer que nos martirizó para más inri con música hortera todo el viaje y no nos dejó dormir. 

Viva la amabilidad inglesa, viva la chica americana. Abajo la antipatía, la crispación, el egoísmo y la barbarie.

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Good bye london

Parecía mucho tiempo estar aquí por primera vez más de dos semanas pero no. Nunca es mucho para un sitio tan inabarcable. Sí es bastante tiempo para conocerla mejor a base de kilómetros en los pies y para llegar a acostumbrarse a vivir en ella, llegar a ver normal esas extensiones inmensas de verde, esas multitudes en hora punta en el metro y por las calles, esa oferta cultural vertiginosa, esa cantidad de turistas continúa, esa mezcla de lenguas, esos acentos ingleses patateros de todas partes del mundo, esos camareros españoles o italianos tan simpáticos, esos museos gratis, esa vida pulsante en Soho, esos teatros de calidad suprema y esos pub con encanto y animación, que tanto nos gustan.

Hoy, para despedirnos, hemos ido a un bar cutre que nos gusta mucho de desayunos muy cerca de st martin in the fields (en cuya cripta hemos ido mucho al servicio y en cuya tienda hemos comprado libros) a comer huevos con beicon; hemos hecho una cola para conseguir entradas para una de las obras del año, the ferryman dirigida por Sam Mendes, a la que ha acabado yendo mi hija porque solo había o carísimas premium o de pie como en los viejos tiempos. Ya no estoy para esos trotes de aguantar un tirón de tres horas de obra de noche de pie, así que la he dejado sola. Hemos ido a la Tate Britain a disfrutar de un gran museo sin multitudes (lo aconsejo vivamente) y de Turner, Millais, Rossetti, Moore, Silver Sargent, etc; nos hemos despedido de las hamburguesas de Byron que a los chicos les pirran aunque les parecen pequeñas y yo he probado por fin el cream tea en un tea room muy cuco que está escondido en Greek Street dentro del pub “coach and horses”, en el que unas japonesas habían pedido el afternoon tea y como no podían con él, lo contemplaban. Si vais a un tea room, recordad que no es necesario pedir dos cream tea (té con scones) o dos afternoon tea (bandeja con scones, Sandwich de pepino y mantequilla, tartas y dulces varios). Con uno vale y así además no se gasta mucho.

En fin, hacia otras latitudes voy y en cada sitio hay cosas interesantes pero se me hace duro pensar que voy a tardar mucho en volver a este país, que me gusta mucho, así que procuraré hacerlo pronto.

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Incendio en camden 

Cada vez que ocurre un desastre en sitios que conocemos y en los que hemos estado, nos sentimos profundamente heridos y terriblemente perdidos en nuestro interior. Por cercanía, conocimiento, cariño, miedo. Por muchos motivos. Con los últimos acontecimientos aquí en Londres, me sentía peor porque estaba a punto de venir. Alguien me preguntó si no me lo pensaba mejor, ya que la cosa estaba difícil últimamente, pero yo contesto ahora y siempre: no. No doy un paso atrás en mis decisiones porque el desastre puede pillarte en cualquier parte. No sabemos dónde ni cuándo y somos más felices gracias a ese cándido desconocimiento. No.

El incendio de ayer en el famosísimo mercado de camden afortunadamente no se cobró víctimas aunque sí causó daños y pérdidas ingentes. Para mí es un shock porque estamos literalmente al lado aunque no podamos decir que nos haya afectado ni que nos hayamos enterado de nada. En lo único en que nos afecta es que queríamos volver esta semana y puede que esté cerrado y no sea posible. Pero impresiona.

Mucho más grave fue el incendio de Doñana de hace pocos días que seguí en directo porque una querida amiga era de las personas que se habían quedado atrapadas en Matalascañas y que pudo volver ya muy tarde a Sevilla por estar cortada la carretera. También me afectó mucho a nivel personal por conocer bien y querer mucho esos hermosos parajes y porque muchísima gente que me importa está a dos pasos de esos inmensos paisajes devastados.

En fin. Tristeza con la que tenemos que convivir, incertidumbre con la que tenemos que lidiar y valentía que tenemos que hallar de alguna manera para que los acontecimientos negativos afecten lo menos posible a nuestras decisiones, actos y experiencias vitales.

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Escapada escocesa

Me ha resultado extraño salir de Londres e ir tan lejos para volver al día siguiente. Había una razón precisa, ir a buscar a mi hija el día en el que acababa su estancia en Edimburgo, pero a pesar de las razones, igual me pareció raro.

Los trenes son rápidos y puntualísimos, muy cómodo el viaje. Dejé una capital veraniega para llegar al fresco, la lluvia, las nubes, el otoño escocés. En la escasa hora que me encontré libre antes de coger el otro tren que llevaba al campus, vi hombres en falda y escuché gaitas. Pensé: qué sitio más marcado, no hay duda de dónde está uno.

En el restaurante mejicano al que entré a picotear, el típico camarero español me indicó la oferta del martes y por módico precio debo decir que comí de miedo.

En el campus, entre rebaños de descarriados jóvenes italianos y atareados acompañantes y profesores (pastores de los rebaños), encontré a una hija que no se me echó en los brazos porque es de natural comedido y retraído, pero sus ojos delataban la impaciencia porque mi rescate se cumpliera. Sus expectativas de clases pseudo universitarias con debates abiertos y cierta libertad de movimiento; no se habían cumplido. Se había sentido un poco prisionera y algo frustrada, aunque sus profesores le han gustado, Escocia también y tras algo insistir, por su parte y la mía, consiguió gozar de horas de libertad tanto en Edimburgo como en Glasgow junto a su amigo de infancia, que viajaba con ella y cuyo reencuentro ha sido muy valioso para los dos. Las horas de libertad no suelen estar previstas para no correr riesgos innecesarios pero cuando se tienen ya 15 años, son necesarias como el aire, el desorden y la guarrería. Recuerdo mi primer viaje importante de grupo con un intercambio a París con su misma edad y tuve una cantidad de tiempo libre por la capital francesa, sin conocer ni la lengua ni la ciudad ni incluso bien el camino de vuelta a la perdida banlieu en la que vivía; completamente impensables hoy en día. Eran tiempos de libertad y relajación que tuve la infinita suerte de vivir.

Rescatada la vástaga y encontrada la residencia en la que nos quedamos (muy barata y bien situada), salimos a dar una vuelta y por primera vez ella me guiaba porque conocía la ciudad y yo no, fue una bonita sensación. Nos asomamos a ver la vista famosa aunque ella tenía cierta reticencia porque pensaba que no íbamos a tener tiempo de verlo todo cuando en realidad era temprano. Paseamos observando edificios de piedra ennegrecida por el paso del tiempo y del tráfico y la falta de restauraciones limpiadoras y protestando por las masas turísticas invasoras de nuestros días, que todo lo estropean. Mi marido guarda una visión idílica de esta ciudad de sus tiempos de viajero joven, pero ya le dije que la cosa había cambiado y se acordó de lo que significa una ciudad turística de hoy. Solo hay tiendas y establecimientos para turistas en la parte alta de la ciudad y gaiteros ataviados típicamente para pedir dinero a la masa informe.

Cansadas, entramos en un pub y luego en un dinner y volvimos pronto a dormir. Demasiados traslados y emociones.

Al día siguiente hacía un día espléndido como ella no había visto en sus dos semanas de estancia en la región, desayunamos maravillosos huevos con beicon y observamos de nuevo a los escoceses arregladísimos porque había unos eventos con la reina. Ya el día anterior en el camino a la residencia, habíamos visto decenas de personas ellas con sombreritos ridículos y ellos o en frac o en kilts y nos habíamos maravillado. Qué contraste con los atavíos guarros de los turistas…

Nos dio tiempo a ver la pequeña pero interesante National Gallery y a darnos una última vuelta, y ya tuve que despedirme de una tierra que se queda para otra vez, porque como ya sé, Escocia es un lugar con clima un tanto inhóspito pero con gentes calurosas y paisajes extraordinarios. Me quedé sin subir al monte precioso que tiene Edimburgo desde el que, supongo, se gozará de espléndida vista. Tengo que volver. Ahora, ella tenía prisa por volver a su ciudad favorita, en la que encontró mucho más calor del que esperaba y a su hermano en bañador mojándose en unas fuentes juguetonas cerca de King’s Cross, en las que los niños flipan.

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Cajeros automáticos y camareros españoles

Empiezo con una recomendación práctica para cuando vengáis a Londres, quizás sirva para otros aeropuertos y destinos, no lo sé: en todo caso aquí ni se os ocurra sacar dinero en los cajeros del aeropuerto. Uno tiende a hacerlo para tener enseguida moneda local en el bolsillo y no verse en un aprieto, pero te clavan con el cambio brutalmente. Concretamente a mí por la misma cantidad que luego he sacado en un cajero cualquiera de la ciudad, me han clavado 40 euros más! Por eso lo digo, a ver si alguien deja de caer en la trampa. Un auténtico timo, total, se paga bien con cualquier tarjeta en todas partes. En todo caso, si os veis obligados, por lo menos que no saquen todos los miembros de la familia (como hicimos nosotros), sino solo uno como máximo. Siempre hace uno de pardillo con algo a pesar de viajar mucho y creerse muy listo. Gajes del oficio.

Luego está la cuestión de la lengua: como dice mi hija, no hay ni un camarero inglés… Hoy la española que nos atendió en un byron, una chica charlatana y simpática que nos explicó exactamente cuánto ganaba aquí y que era mucho más que en España por el mismo trabajo; también nos aclaró que está aquí para aprender inglés e italiano. Tiene razón la muchacha, practicar aquí español o italiano es más fácil que hacerlo con el inglés. 

Como la educación italiana sigue siendo a la antigua para lo malo y lo bueno, el inglés se enseña cómo antes: mal, y las familias hacen esfuerzos y malabarismos varios para pagarles cursos a sus vástagos por lo que cientos de grupos de italianos invaden todo territorio anglohablante con la intención de aprender algo cuando, estando rodeados de “connazionali ” es difícil por no decir imposible, aprender nada. Se ve que con el bilingüismo la cosa en España está mejor, porque la diferencia es bárbara. Hoy en día las escuelas de inglés viven mayormente de los italianos.

Y luego están los españoles, familias, grupos de amigos de todas las edades, jubilados, parejas y camareros variados; están por todas partes.

Vengan aquí a aprender italiano y español, no se arrepentirán. Nativos puros de todos los colores, simpáticos y abiertos. Y de paso, por lo menos leyendo los carteles en el metro o en los museos, pues algo se quedará del inglés, no?

Y ahora me queda mi micro escapada escocesa.

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