Oscuridad

Es curioso, cuando he escrito el título de este epígrafe no sé en qué estaba pensando exactamente. Me estoy quedando sin memoria. Es un buen título sobre todo para un libro de terror pero no sé qué se me pasaba por la cabeza en aquel momento, lo que sí sé es que he dormido muchos años de mi vida totalmente a oscuras. A mi padre le encantaba eso, dormir él y que yo durmiera a oscuras, no sé si es porque había tenido miedo a la oscuridad de pequeño y entonces quería superarlo o bien porque la oscuridad lo tranquilizaba. Puede que sean las dos caras de la misma moneda.
De noche se encerraba en el vientre materno que resultaba ser su casa, con las ventanas y las persianas cerradas, que no entrara luz ni ruido ni aire ni vida del exterior.
La fortaleza, el castillo, la célula inexpugnable.

Qué duda cabe que me acostumbré a esa claustrofobia, los niños se acostumbran a lo que les echen, dormía bien pero no creo que fuera por la oscuridad sino porque sí, hasta ahora pocas cosas me quitan el sueño. Pero claro, en cuanto salí de allí y dormí en otros sitios me di cuenta de mi incapacidad para dormir con luz o ruido, elementos de lo más normales. Poco a poco he ido aprendiendo pero qué esfuerzo me ha costado y todavía el ruido me puede, no consigo dormirme si hay ruido, aguanto la luz, el calor, una cama incómoda pero si hay mucho ruido no puedo dormirme y eso me hace sufrir. Me encantaría poder desconectar y lanzarme a los brazos del sueño en medio del caos más absoluto, como los niños pequeños.

Con el tiempo mi padre se encerró más todavía, cuando tuvo otra vida, era un poco mayor y acabó dejándose arrastrar por su tendencia de monje enclaustrado, llegando a vivir bastante aislado, con muy poco contacto con el exterior. Se había creado una prisión voluntaria.
Está claro que su gusto por la oscuridad es bastante simbólico, era una señal de que tenía miedos, angustias e inseguridades. Abismos interiores.

Ni una rendija, ni un resquicio, ni un vislumbre de luz podía entrar. La persiana tenía que cerrar herméticamente, sellar, encerrar, enterrar, al menos hasta el día siguiente, era el rito de paso de la noche al día, un paréntesis, una hibernación, una burbuja, una placenta, duérmete niño, duérmete ya, que viene el coco y te comerá.
Estate tranquilo aquí porque allí fuera en cambio todo está lleno de peligros, no hay nada claro, nada seguro.

Quiero las ventanas y las puertas de mi casa abiertas, la mente relajada, la confianza como primer motor de las relaciones con los demás.
Quiero relacionarme con los demás, con el mundo, quiero recorrerlo, digerirlo, asimilarlo, hacerlo mío, quiero rodar, arrastrarme y elevarme y ser capaz de dormir en el suelo, a la intemperie, en un jergón, en un rincón, sola y con una multitud, en silencio y con un estruendo alrededor, a las 12 de la noche o las 6 de la mañana.
Quiero respirar a pleno pulmón aunque lo que me entre sea todo tóxico y nocivo y acabe matándome.

Prefiero morir así, envenenada por la vida que asfixiada por terror a respirar.

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Acerca de juegodelmundo

Profesora de español para extranjeros. Vivo en Turín desde hace 20 años. Necesito escribir para comprender mejor lo que me rodea y me sucede, para poner orden en mis ideas. Me apasionan el cine (en versión original), los viajes (soy fan de los intercambios de casa), la lectura, la comida, estar con gente, las novedades. La música (aprender a tocar el piano), el teatro (en especial cuando viajo), la danza contemporánea. Las buenas series de televisión. Traducir textos junto a alumnos buenos. Conversar. Tratar de disfrutar cada momento.
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Una respuesta a Oscuridad

  1. Aila dijo:

    Yo tampoco puedo dormir con ruido o con luz (curiosamente soporto mejor el ruido que la luz), nunca se me había ocurrido asociarlo a esa manía paterna pero mi madre dice que a ella le ocurre igual, así que imagino que la causa es la misma.

    Con lo que no estoy de acuerdo es con que papá viviera enclaustrado, al menos no hasta ese extremo. Recuerdo que siempre le gustó sacarme de casa, llevarme al centro, a la Sevilla vieja donde pasó su infancia y nos pasábamos horas y horas recorriendo callejas destartaladas. Gran parte del centro incluyendo la Alameda no estaba por entonces ni de cerca tan cuidada como de unos años para acá (pero qué te voy a contar), y en algunas zonas era más fácil encontrar un drogata en un portal que un árbol; ésa era otra de sus lecciones, enseñarme a no tener miedo de nada ni de nadie, por impresionante que pueda parecer cuando tienes nueve años y no has visto nada más serio que el ocasional marido borrachuzo de tu calle. Y hablando. Si algo me da pena hoy en día es no recordar ni la cuarta parte de lo que él me contaba entonces, lecciones sobre Sevilla, sobre su historia, sobre sus iglesias y sobre temas tan dispares como la segunda guerra mundial.

    Sí es verdad que, evidentemente, salía menos que cuando era joven. Aparte de por la edad yo lo atribuyo al hecho de que tenía un trabajo estable y relativamente tranquilo, por el que le pagaban bien y no necesitaba pasarse doce horas fuera, y en esos años encontró la tranquilidad que necesitaba para hacer lo que siempre le gustó, que era leer, estudiar, catalogar, aprender, pensar. Eso no lo convertía en un monje. Si acaso lo fue durante la etapa final de su enfermedad y no por elección, pues si el dolor físico lo traía por la calle de la Amargura más lo hacía el no poder levantarse de la cama muchos días, ni siquiera para llevarme al colegio (que estaba a medio kilómetro de casa, tampoco es decir que fuera mucho pero a él le gustaba hacerlo).

    Miedos, inseguiridades y angustias interiores los tenemos todos. Algunos se esconden en la oscuridad y otros los llevan consigo a la luz del día, pero eso no significa que no existan o que no muerdan cuando menos te lo esperas…

    Siento la longitud y el tono del comentario, hoy me he levantado gripada y con destemplanza y parece que las siguientes horas del día no contienen nada mucho más interesante. La próxima vez seré más alegre.

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