Aniversario en Piazza Castello

IMG_3177Me siento un momento en piazza Castello y observando lo que está a mi alrededor, pienso en esta ciudad y en su evolución. Esta plaza es el centro del centro, parece que todo va a parar allí o que todo parte de allí y, en cierto modo, es un reflejo en pequeño de sus bondades y defectos.

En estos días me doy cuenta de que he pasado veinte años de mi vida en Turín, que sé que no son nada, qué febril la mirada y eso, pero de todos modos impresiona. Mientras yo miro hacia atrás y reflexiono sobre los cambios que ha sufrido, una amiga que está muy lejos sueña con volver y se da cuenta de todo lo bueno que tiene. Siempre es así, cuando se deja de tener algo, se aprecia de verdad en todo su valor.

Como yo estoy aquí, no puedo dejar de verle lo que le falta.

Lo curioso es que cuando llegué de Erasmus pasaba el día yendo de Maria Ausiliatrice a Palazzo Nuovo, recorriendo a pie una distancia que entonces se me antojaba pesada y que ahora, que sigo haciendo casi el mismo camino día tras día, se ha convertido en mi rutina, mi paisaje, mi historia.

Y ahí nel mezzo del mio cammin, está siempre ella. La plaza. Omnipotente y omnipresente.

Esto es lo que observo allí:

Gente. Buena parte de la plaza es peatonal, así que suele haber mucha. Sentados, los que consiguen pillar sitio en los escasos bancos que hay y de pie, los demás.

Cosas variadas. Cuando hay alguna feria, concierto o evento de algún tipo (y los hay muy a menudo), entonces también hay escenarios, tenderetes, camiones, gente que monta y desmonta artilugios y mucha más gente agolpada por todas partes.

– Pero también hay tráfico, cómo no. Es una ciudad que ha ido despejando tímidamente algunas calles o fragmentos de calles o plazas, de los insoportables vehículos que nos hacen la vida imposible, pero que no acaba de tener el valor de terminar de una vez por todas con una lacra que la ha embrutecido, afeado, ensordecido y ahumado durante largas décadas oscuras.

Así que en parte de piazza Castello hay una parada de taxis, una parada de chóferes oficiales de los mandamases de la Regione, un aparcamiento (dios mío, que quiten ya ese horrible y vil aparcamiento) y también en una parte, el tráfico rodado de coches, autobuses, tranvías y demás. A veces les da a los autocares de turistas por aparcar allí. Total, en este país, da la impresión de que se puede hacer lo que uno quiera. Y en cierto modo y para algunos, es así.

– Si uno mira al suelo, se da cuenta de algunas cosas también. Cuando se hizo la reforma de la plaza, se colocaron bloques de piedra, todos iguales, de manera que quedara áulico (ese adjetivo que tanto gusta a las autoridades aquí) pero como se han ido cargando esas piedras los distintos vehículos de gran tonelaje que pasan por allí por los más disparatados motivos, y se ve que no había dinero para sustituirlas por otras iguales; pues hay piedras rotas y remiendos de asfalto por todas partes y, lo que es peor, ese puzzle deslavazado lo completa el mosaico de colillas encastradas que se va formando en los huecos de las piedrecitas con el paso del tiempo y que jamás quitará nadie, porque se obstinan en no limpiar la ciudad con chorros potentes de agua no potable, que es el único modo de dejarlo todo verdaderamente bien. Así que las colillas se mezclan con las piedras de postín en armonía y paz y así seguirá por los siglos de los siglos, amén.

– Las fuentes del centro de la plaza aportan algo de naturaleza, en ellas juegan los niños, beben los perros y la gente se refresca en verano.

– En un hueco del teatro Regio, están los bailarines callejeros, esos que dan vueltas sobre sus cabezas y hacen acrobacias a veces increíbles al son de sonoras canciones. Un ambiente que desentona y a la vez complementa al de la gente bien que se pone de punta en blanco, con tacones, trajes, maquillajes y abrigos de piel, para asistir a la ópera.

En piazza Castello hay artistas de calle, pedigüeños, vendedores de hélices luminosas, gente manifestándose por los asuntos más variados, gente que pide firmas, que vende castañas y globos.

Gente que corre, que va en bici, que mira, que canta, que pita y se enfada.

Es el modo más breve de tener una primera impresión sobre las mil caras de la ciudad, sobre la colina y la periferia, sobre la solidaridad y la intolerancia, sobre lo antiguo y lo nuevo, la cultura con mayúsculas y la de la calle, sobre el que está arriba y el que está abajo. Y por supuesto, todo lo que está en medio, que llama menos la atención.

A veces, a pesar de todos los pesares, uno se topa con la plaza al atardecer o de noche, con los palacios iluminados, un poco de neblina y cuatro figuras dispersas y se maravilla de su hermosura, grandiosidad y personalidad. Entonces, es cuando se desea con más ardor que nunca, que esta ciudad tenga alguna vez el valor de creer del todo en sí misma, de desearse hermosa, limpia, cuidada, admirada.

¡Fuera el tráfico y los aparcamientos al aire libre del centro de Turín y de sus parques! ¡Más zonas peatonales, carriles bici, juegos para niños! ¡Más calidad de vida!

Yo creo que es posible, que no es una utopía.

 

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Acerca de juegodelmundo

Profesora de español para extranjeros. Vivo en Turín desde hace 20 años. Necesito escribir para comprender mejor lo que me rodea y me sucede, para poner orden en mis ideas. Me apasionan el cine (en versión original), los viajes (soy fan de los intercambios de casa), la lectura, la comida, estar con gente, las novedades. La música (aprender a tocar el piano), el teatro (en especial cuando viajo), la danza contemporánea. Las buenas series de televisión. Traducir textos junto a alumnos buenos. Conversar. Tratar de disfrutar cada momento.
Esta entrada fue publicada en Italia, reflexiones, Turín. Guarda el enlace permanente.

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