La dieta, los cambios y el mercado de Porta Palazzo

Nos encasillamos, nos emperramos y nos encerramos a nosotros mismos.

No nos hacen falta carceleros ni dictadores ni circunstancias adversas. Nos autolimitamos, nos dejamos ir, nos dejamos llevar por una corriente inexistente. Por la costumbre, la desidia, el flujo constante del tiempo.

 

En mi caso, me he llevado diría décadas, dejándome ir con respecto a la alimentación. He comido lo que he querido a la hora que se me antojaba sin prescindir de nada. Bueno sí, prescindiendo del sentido común.

Me he entregado de lleno a los placeres de la mesa como si de una droga se tratara (es una droga como otra cualquiera, todo es una droga si dependemos de eso) y he abandonado el cuidado del cuerpo. Lo he dejado en estado salvaje y poco a poco ha ido empeorando y no lo ha hecho más porque soy de natural inquieta, me muevo mucho y no me disgusta el ejercicio, algo he hecho siempre.

Pero dejé de pesarme. Un buen día la balanza se convierte en un enemigo y te alejas de ella porque puede hacerte sentir mal cuando no tienes intención alguna de hacer dieta.

Crees que ojos que no ven, corazón que no siente. Pero eso es mentira, como otros tantos dichos.

Lo cierto es que la libertad que te concedes por un lado, la pierdes por el otro. Cada vez que te ves en una foto (porque procuras mirarte poco en el espejo) o te pruebas algo de ropa, cada vez que sientes la mirada de alguien sobre ti; sufres. La ausencia de comentarios cuando vuelves a ver a gente a la que hacía tiempo que no veías, te duele. No pueden decirte que te ven bien y no quieren decirte que te ven mal. Por no herirte.

Y así años y años.

Un día puedes y debes decidir que se acabó. Que vas a cambiar. Y decidirlo en serio. Sin vuelta atrás. Tomar las riendas. Difícil pero no imposible.

En mi caso me ha ayudado mucho que mi compañero se haya puesto a dieta cuando, comparado conmigo, casi no lo necesitaba.

Por imitación, por envidia, por amor proprio, por encontrarte la infraestructura y el ambiente adecuados. Porque hay que decir basta alguna vez.

Él se ha convertido en un coach de valor inestimable para este periodo difícil de transición.

Sin empujarme a tomar la decisión porque no habría servido más que para que me ofendiera, me enfadara y se me enquistara su comentario.

Una decisión difícil de cambio debe siempre partir de uno mismo. De un momento de lucidez, confianza y bienestar.

 

Un día hace no mucho me llevó a cenar a mi restaurante favorito y allí (no sé muy bien por qué) tomé la decisión de adelgazar todos los kilos que me sobran. Todavía me queda mucho pero empezar es quizás lo peor.

Pesarse el primer día y horrorizarse, volverse a pesar todos los días con miedo de haberse pasado el día anterior, acostumbrarse al hambre y a decirse que no continuamente a muchas cosas que antes eran habituales. Todos los caprichos: fuera de golpe.

Creo que como cuando se deja de fumar (según dicen), lo peor es el primer mes y ese ya ha pasado. Ahora diría que estoy acostumbrada a la nueva vida y resignada a que va a durar mucho. Mi compañero habla de para siempre pero esas son palabras mayores que prefiero no pronunciar por ahora.

Y me doy cuenta de sus ventajas, más allá de la satisfacción de ir perdiendo peso (o sea, de ir alcanzando poco a poco mi objetivo) e ir viéndome mejor cuando me miro al espejo.

Tomé otras decisiones paralelas como caminar bastante todos los días y subir los cuatro pisos de escaleras todas las veces que haga falta, abandonando el ascensor.

Por ambas cosas me siento más fuerte y ágil, menos vaga, más joven.

 

Otra decisión colateral que tiene que ver con la adopción de un tipo de alimentación más sana, es ir menos al supermercado y más al mercado.

 

Al lado de casa tengo Porta Palazzo, el mayor mercado de la ciudad, una joya que hemos ignorado sistemáticamente durante estos 15 años que llevamos aquí, por pura pereza. Hay gente, hay jaleo, hay que moverse y luchar.

 

Pero ahora me doy cuenta de que me encanta. De que es barato, las cosas están buenas, te tratan muy bien y cada viaje resulta un crucero por olores, colores y sensaciones variadas. Un viaje por varias lenguas, culturas, sensaciones y tonos distintos de piel.

Una inmersión en la humanidad, el movimiento y la energía.

 

Voy a ir cada vez más.

¿Cómo se puede ser tan tonto?

Me lo digo a mí misma.

¿Cómo nos vence tantas veces la vagancia, cómo nos pueden el hastío, la costumbre y la indolencia?

 

Nunca he tenido pereza alguna para ir al cine o a espectáculos, para viajar, quedar con gente, enfrentarme al trabajo y tantas otras cosas.

Pero todos nosotros nos encajonamos, nos limitamos, nos fastidiamos a nosotros mismos. En algunos campos o en todos.

Este periodo que intuía un valle de lágrimas, se está revelando una oportunidad de oro para mirar el mundo desde otro punto de vista, derribar barreras autoimpuestas y creer más en mí misma.

 

Ahora que se me ha pasado el mono de azúcar (más o menos), puedo hablar más serenamente de un tema que he procurado eludir durante mucho tiempo por miedo a enfrentarme a él

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Acerca de juegodelmundo

Profesora de español para extranjeros. Vivo en Turín desde hace 20 años. Necesito escribir para comprender mejor lo que me rodea y me sucede, para poner orden en mis ideas. Me apasionan el cine (en versión original), los viajes (soy fan de los intercambios de casa), la lectura, la comida, estar con gente, las novedades. La música (aprender a tocar el piano), el teatro (en especial cuando viajo), la danza contemporánea. Las buenas series de televisión. Traducir textos junto a alumnos buenos. Conversar. Tratar de disfrutar cada momento.
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