Escapada escocesa

Me ha resultado extraño salir de Londres e ir tan lejos para volver al día siguiente. Había una razón precisa, ir a buscar a mi hija el día en el que acababa su estancia en Edimburgo, pero a pesar de las razones, igual me pareció raro.

Los trenes son rápidos y puntualísimos, muy cómodo el viaje. Dejé una capital veraniega para llegar al fresco, la lluvia, las nubes, el otoño escocés. En la escasa hora que me encontré libre antes de coger el otro tren que llevaba al campus, vi hombres en falda y escuché gaitas. Pensé: qué sitio más marcado, no hay duda de dónde está uno.

En el restaurante mejicano al que entré a picotear, el típico camarero español me indicó la oferta del martes y por módico precio debo decir que comí de miedo.

En el campus, entre rebaños de descarriados jóvenes italianos y atareados acompañantes y profesores (pastores de los rebaños), encontré a una hija que no se me echó en los brazos porque es de natural comedido y retraído, pero sus ojos delataban la impaciencia porque mi rescate se cumpliera. Sus expectativas de clases pseudo universitarias con debates abiertos y cierta libertad de movimiento; no se habían cumplido. Se había sentido un poco prisionera y algo frustrada, aunque sus profesores le han gustado, Escocia también y tras algo insistir, por su parte y la mía, consiguió gozar de horas de libertad tanto en Edimburgo como en Glasgow junto a su amigo de infancia, que viajaba con ella y cuyo reencuentro ha sido muy valioso para los dos. Las horas de libertad no suelen estar previstas para no correr riesgos innecesarios pero cuando se tienen ya 15 años, son necesarias como el aire, el desorden y la guarrería. Recuerdo mi primer viaje importante de grupo con un intercambio a París con su misma edad y tuve una cantidad de tiempo libre por la capital francesa, sin conocer ni la lengua ni la ciudad ni incluso bien el camino de vuelta a la perdida banlieu en la que vivía; completamente impensables hoy en día. Eran tiempos de libertad y relajación que tuve la infinita suerte de vivir.

Rescatada la vástaga y encontrada la residencia en la que nos quedamos (muy barata y bien situada), salimos a dar una vuelta y por primera vez ella me guiaba porque conocía la ciudad y yo no, fue una bonita sensación. Nos asomamos a ver la vista famosa aunque ella tenía cierta reticencia porque pensaba que no íbamos a tener tiempo de verlo todo cuando en realidad era temprano. Paseamos observando edificios de piedra ennegrecida por el paso del tiempo y del tráfico y la falta de restauraciones limpiadoras y protestando por las masas turísticas invasoras de nuestros días, que todo lo estropean. Mi marido guarda una visión idílica de esta ciudad de sus tiempos de viajero joven, pero ya le dije que la cosa había cambiado y se acordó de lo que significa una ciudad turística de hoy. Solo hay tiendas y establecimientos para turistas en la parte alta de la ciudad y gaiteros ataviados típicamente para pedir dinero a la masa informe.

Cansadas, entramos en un pub y luego en un dinner y volvimos pronto a dormir. Demasiados traslados y emociones.

Al día siguiente hacía un día espléndido como ella no había visto en sus dos semanas de estancia en la región, desayunamos maravillosos huevos con beicon y observamos de nuevo a los escoceses arregladísimos porque había unos eventos con la reina. Ya el día anterior en el camino a la residencia, habíamos visto decenas de personas ellas con sombreritos ridículos y ellos o en frac o en kilts y nos habíamos maravillado. Qué contraste con los atavíos guarros de los turistas…

Nos dio tiempo a ver la pequeña pero interesante National Gallery y a darnos una última vuelta, y ya tuve que despedirme de una tierra que se queda para otra vez, porque como ya sé, Escocia es un lugar con clima un tanto inhóspito pero con gentes calurosas y paisajes extraordinarios. Me quedé sin subir al monte precioso que tiene Edimburgo desde el que, supongo, se gozará de espléndida vista. Tengo que volver. Ahora, ella tenía prisa por volver a su ciudad favorita, en la que encontró mucho más calor del que esperaba y a su hermano en bañador mojándose en unas fuentes juguetonas cerca de King’s Cross, en las que los niños flipan.

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Acerca de juegodelmundo

Profesora de español para extranjeros. Vivo en Turín desde hace 20 años. Necesito escribir para comprender mejor lo que me rodea y me sucede, para poner orden en mis ideas. Me apasionan el cine (en versión original), los viajes (soy fan de los intercambios de casa), la lectura, la comida, estar con gente, las novedades. La música (aprender a tocar el piano), el teatro (en especial cuando viajo), la danza contemporánea. Las buenas series de televisión. Traducir textos junto a alumnos buenos. Conversar. Tratar de disfrutar cada momento.
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