El piso de la libertad

Hoy, mientras corría, me ha salido una canción brasileña que me ha recordado muchas cosas, ya se sabe el increíble poder evocador de recuerdos que tiene la música. Un sonido se une indisolublemente y para siempre con un lugar y unas circunstancias y resulta mejor que una foto, para trasladarte por un momento a aquella chica que fuiste una vez y a lo que te pasaba por la cabeza entonces. Es interesante.

Un chico que me gustaba mucho pero que era bastante inaccesible, arrogante y autosuficiente, me había regalado un cassete (ay, los cassetes…) con ese disco, diciéndome: “si no te gusta esto, es que eres una insensible” y le faltó decirme: y entonces no valdrías para nada y dejarías de interesarme lo poco que me interesas. No le expliqué que a mí la música brasileña siempre me había gustado, me emocionaba y transportaba. ¿Para qué? Con algunas personas, es mejor no desperdiciar saliva.

Escuché mucho aquel disco, hasta la saciedad, lo sabía y lo sigo sabiendo de memoria. Era otra época. Había menos dispersión. Los discos se escuchaban enteros de principio a fin, los libros se leían enteros, había menos interrupciones, distracciones y latas varias. No te llegaban mensajes de varios tipos, había mucho más lugar para la improvisación y mucho menos para el control. Tuve mucha suerte de vivir mi juventud en aquellos benditos tiempos en los que tus padres, cuando no estabas en casa, no tenían ni idea de dónde estabas ni de qué hacías y aunque nunca me ha gustado mentir y lo he hecho muy poco, era mucho más fácil hacerlo. Era tu palabra y no había forma de comprobar si de verdad estabas donde decías estar o no.

Ese casete me lo dio aquel escultural y extraño chico en un momento crucial de mi juventud. Después del cataclismo que poco a poco destruyó mi familia, el pequeño e imperfecto núcleo de tres personas en cuyo seno había crecido, gocé por poco pero fundamental espacio de tiempo, de un piso solo para mí. El sueño de todo adolescente. Mi padre pensó en un momento de vacas rollizas y de debilidad emocional que, dado que él se iba con otra mujer a una casa y mi madre con otro hombre, a otra; no era justo que yo tuviera que elegir entre semejantes desastres de opciones sin tener por lo menos un espacio para mí, en el que respirar, ser libre y desarrollarme. Desahogarme tras tanto desatino y desorden reinantes.

Fui feliz en aquel breve espacio de tiempo. Lo que había sido negativo se tornaba de repente en positivo. Aquel ático con terraza en Pagés del Corro será para siempre un oasis en mi vida, un tiempo en el que respiré el aire que quería, cómo, cuándo y con quién quería.

Recuerdo que lo que más me preocupó a la hora de decorarlo fue que una habitación tuviera dos paredes grises y la otra, dos negras (era una época de amor por lo dark) y cuando visité alguna tienda de mueble, me enamoré, como chiquilla que era, de un carrito para bebidas y de una estantería con ruedas, para el equipo de música, ambos muebles rigurosamente negros. Se ve a lo que daba importancia: a la música, la bebida y las apariencias… Gasté una fortuna (buena parte del presupuesto que tenía) en comprarlos cuando a todas luces, eran inservibles, inútiles y absurdos pero recordaban a la película “Nueve semanas y media”, que encandiló e hipnotizó a toda una generación de jóvenes de los ochenta con todo aquel diseño y pijerío vacío y resultón. Todas habríamos querido ser Kim Bassinger y enrollarnos con aquel macarra creído y sumamente egoísta de Mickey Rourke, así de imbéciles llegamos a ser las mujeres.

En todo caso, de alguna manera la amueblé y la disfruté, sola, acompañada de amigas, de amigos, de novios, de gente de paso. Di algunas fiestas y cada vez que giraba la llave en el picaporte, daba un paso hacia mi propio paraíso personal. Era la época de no avisar muchas veces antes de presentarte en un sitio, así que, cuando menos lo esperaba, alguien tocaba el timbre de la puerta y yo le hacía pasar. Siempre me han gustado las sorpresas y las improvisaciones. Y la gente. Para mis amigos fue un lugar muy querido también que vino antes de cualquier otro piso posterior que daba paso a una nueva época de independencia y experimentación. He llegado siempre pronto a muchas cosas. No sé si es bueno o no. Es lo que hay.

El chollo se me acabó al tener que acoger a mi madre allí cuando se peleó con su novio, hubo que hacer una mudanza rápida, follonera y clandestina (mientras el sujeto trabajaba) y de repente allí tenía a mi madre, un montón de muebles y poco espacio. Al poco tiempo, por supuesto, volvían a estar juntos, que yo tenía a unos padres que tenían mucha menos cabeza que yo, el ejemplo que me daban era regular pero así me busqué la vida por mi cuenta y quizás fue mejor. A veces él se instalaba allí en el pequeño piso de mi ex libertad a dar la lata bien, pero otras, los dos estaban en el piso de él y me dejaban respirar en paz.

Es todo confuso, no lo recuerdo bien ni falta que hace. Era una época de cambios continuos. Un día mi padre me dijo que no tenía más dinero para pagar el alquiler de mi felicidad y se me acabó la cosa. Tal como vino, se fue, me tocó irme a vivir con él a un piso minúsculo y claustrofóbico que luego cambiaron por suerte por otro mayor y del que ya me fui un día para no volver jamás. En ese momento ya estaba yo harta de los tumbos de mis padres y sus nuevas parejas. Supongo que también ellos estaban hartos de mí, las familias son agobiantes y hay que buscar siempre un propio espacio de respiro y libertad para sobrevivir bien.

Con el tiempo he conseguido crear una familia mucho más estable que la que yo tuve pero siempre desde la perspectiva de que somos cuatro individuos cada uno de una manera y todos con derecho a la libertad y al desarrollo de nuestras personalidades, por suerte, distintas. No nos empeñamos en ir los cuatro al unísono y eso creo que es muy positivo o, al menos, a nosotros nos va bien así.

Espacio, espacio, tiempo, aire. Información, coordinación, sinceridad, comunicación, respeto mutuo. Pero sobre todo libertad, por encima de todo y para todos. Esa es la clave de la estabilidad según yo.

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Acerca de juegodelmundo

Profesora de español para extranjeros. Vivo en Turín desde hace 20 años. Necesito escribir para comprender mejor lo que me rodea y me sucede, para poner orden en mis ideas. Me apasionan el cine (en versión original), los viajes (soy fan de los intercambios de casa), la lectura, la comida, estar con gente, las novedades. La música (aprender a tocar el piano), el teatro (en especial cuando viajo), la danza contemporánea. Las buenas series de televisión. Traducir textos junto a alumnos buenos. Conversar. Tratar de disfrutar cada momento.
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