Reflexiones de final de curso (con visitas al hospital)

Siempre que llega esta época dejo de escribir y es una pena porque ideas y experiencias hay muchas y, por lo tanto, cosas que contar. El problema es el tiempo. O la falta de él.

Se multiplican las obligaciones, las citas, los extras. Se pasa el día una corriendo sin llegar a ninguna parte ni hacer nada bien y da la impresión de que todo se nos escapa y no llegamos a aferrar nada. Es la vorágine de estas sociedades, de las ciudades, de los tiempos de la conexión perenne, de la multitarea, del estar con el cuerpo en una parte y la mente en otras veinte distintas. De querer estar en todas partes a la vez.

Es lo que hay.

Mi hijo ha terminado la escuela “elementare” (primaria) y aunque eso me llena de alegría porque me gusta que terminen ciertas etapas infantiles que empiezo a no poder soportar más dada mi avanzada edad y mi carencia de paciencia, por otro lado, como siempre que una etapa se acaba, algo de melancolía me entra. Cinco años yendo a un colegio y viendo a un maestro y llevando un ritmo y sabiendo cómo moverse y ahora pues se pasa a otra escuela, nueva en este caso para nosotros (a diferencia de otros padres, nosotros solemos mandar a nuestros hijos cada uno a una escuela diferente por varios motivos), otros horarios, ritmos, dinámicas, padres de compañeros…

Qué será, será…

Antes de empezar el último mes vertiginoso que ha volado como era de esperar y me ha agotado, como es normal; tuve la suerte de hacer dos viajes seguidos que me llenaron de energía y de esperanza. Uno, el de Hungría, está esperando un hueco en mi agenda para ser contado y llegará pronto. Solo seis días pero tantos sitios y tanto placer. Ahora retocando las fotos me acaba de entrar una nostalgia infinita, que desearía estar de vuelta en el Danubio. Claro, hace mucho el hecho de que por primera vez en muchos años, no viaje este mes más allá de los días en Arco de Trento por el campeonato de escalada anual de mi hijo y de alguna agradable excursión montañera.

Es bonito viajar en junio pero no todo puede ser siempre.

Ha sido un mes en el que a todas las actividades frenéticas de finales de curso (nervios por exámenes continuos de la mayor, teatro suyo que me he perdido, espectáculo musical de él que tampoco he visto, cenas de despedidas de los dos, exámenes terribles propios, campeonatos y hasta un parque de atracciones prometido hacía tiempo inmemorial…) hemos sumado un viaje a los infiernos: la sección de oncología infantil del hospital principal de aquí.

Nuestro viaje es corto (está a punto de terminar afortunadamente) y no es por motivos graves (más afortunadamente todavía). Así, que más allá de que a nadie le gusta que su hijo tenga que ir varios días al hospital, le pinchen y le metan medicina por la vena que le provoca molestias varias, no tenemos preocupación enorme ni desvelos infinitos ni desolación, ni nuestra vida ni nuestros planes ni esperanzas se ven alteradas para siempre, como sí les ha sucedido y les sigue sucediendo a las personas (niños y padres) que están allí por enfermedades graves, que son la mayoría.

El primer día estaba muy preocupada por él, no sabes qué es aquello ni cómo funciona, te desesperas por lo que se tarda y todo te parece raro, así que no miras demasiado (o no quieres hacerlo) a tu alrededor. El segundo traté de tomármelo con normalidad aunque compartimos habitación con varios niños pequeños, uno de ellos, especialmente salado, con el que nos reímos por su infinita madurez y recio carácter a pesar de contar con tan solo tres años de edad. Y eso ya te va afectando. El tercero, al ver una niñita muy pequeña pasar por el pasillo con su cabeza calva, su mascarilla puesta y su suero pegado, se me cayó el alma a los pies y tardé un par de días en recuperarme. Me sentí abatida, cansada, agotada, sentía el dolor de otras personas en mi propia carne y me llevé a casa pegados a la piel los gritos y llantos, las preocupaciones y desvelos, las ojeras y calvicies, las injusticias, las duras vidas de los que afrontan enfermedades graves que truncan por lo sano la cotidianidad, el presente, el futuro y todo lo que nos da seguridad y nos deja dormir por las noches. Ese día el viaje al infierno fue completo, caí allí de sopetón. Y salir fue complicado.

En total han sido cinco y he escuchado historias para no dormir y visto chiquillos de varios tipos y todas las edades y padres cargando con cruces del tamaño de trasatlánticos y peso de asteroides.

El dolor ajeno no es el propio pero duele también. Este ha sido el viaje que he hecho esta vez al final de curso, las cosas cambian. Pero de todo se aprende y hay que aprender a valorarlo todo en lo que vale y dar gracias por lo que se tiene y no ser tan pijos, quejicas, caprichosos, materialistas, exigentes e histéricos. Hay que intentar disfrutar de cada día y dedicarle un minuto a pensar en quien es menos afortunado. Es difícil expresar con palabras lo que se aprende en estos sitios pero me llevo humanidad y me llevo sabiduría de allí.

Y mi más sincero agradecimiento va a las personas que trabajan allí, desde la primera hasta la última, cuya exquisita amabilidad e infinita humanidad, me han llenado de asombro. Me pregunto si les harán un test de personalidad antes de mandarlos a esa sección porque han eliminado a todos los antipáticos, descorteses, serios, cortantes y maleducados que hay por ahí en todos los ámbitos. En ese sentido, el del personal que trabaja allí, es un paraíso; en el resto, un infierno, en el que no queremos pensar normalmente pero que existe y convive con nuestra normalidad en cierto modo. Las dos caras de la moneda.

El próximo post: mi bonito viaje a Hungría, la tranquilidad y relajación del este de Europa

Anuncios

Acerca de juegodelmundo

Profesora de español para extranjeros. Vivo en Turín desde hace 20 años. Necesito escribir para comprender mejor lo que me rodea y me sucede, para poner orden en mis ideas. Me apasionan el cine (en versión original), los viajes (soy fan de los intercambios de casa), la lectura, la comida, estar con gente, las novedades. La música (aprender a tocar el piano), el teatro (en especial cuando viajo), la danza contemporánea. Las buenas series de televisión. Traducir textos junto a alumnos buenos. Conversar. Tratar de disfrutar cada momento.
Esta entrada fue publicada en Niños, personas, reflexiones, Turín, vida cotidiana. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s